¡Ups, cariño, ya no hay preservativos!

stás con ese chico por primera o segunda vez. Vaya, el caso es que no tienes mucho de conocerle. Han quedado algún par de veces y ya. Todavía no hay amor, por supuesto. Eso que hay entre ustedes apenas llega al “me cae bien”, “es interesante” o “realmente lo hace muy bien”. Ya habrá cariño después. Amor, si hay suerte. Sin embargo, ya comienzas a sentir cierta afinidad con él. Te gusta, le gustas. El tiene con qué; tú por dónde. Y la naturaleza hace lo suyo. No hay más qué hacer. Perfecto, maravilloso. Todo listo para una noche de placer.

Se desvisten con lentitud o con prisa, depende el caso o el lugar. Están desnudos el uno ante el otro y comienza el escarceo amoroso. Se tocan sus partes íntimas, se acarician sus pieles, juegan, se ríen, se besan.

Él la toca con lentitud o con prisa, con comodidad o en una situación incómoda, con poco o mucho tiempo. Depende.

Ella hace lo suyo también. Se humedece cada vez más y se muere por ser penetrada. Él tiene una erección del tamaño del mundo y comienza a tomar ese aire de vulnerabilidad que nos indica a las mujeres que ellos están allí, solo y absolutamente para nosotras. Frágiles, rendidos a nuestros pies, esperando el momento de la penetración con ansias. Nosotras somos las reinas de la noche. Y nos encanta. Nos encanta. Podremos hacerlos esperar media hora o penetrarnos a nosotras mismas con su pene en cuestión de medio minuto. Podemos esperar y hacerlos sufrir si queremos. O no.

Ella abajo, ella montada; él arriba, de lado, de cucharita, por detrás, sentados. Inventan toda clase de posiciones posibles, imitan las de las películas porno, cumplen sus fantasías. Tienen sexo anal y vaginal. Oral: ella a él, él a ella. Dos condones distintos en media hora de placer. ¿Media hora? Sí, es el promedio científicamente comprobado del antes, durante y después.

Luego de la media hora del placer, la excitación sigue, continúa. Ella comienza el juego esta vez y logra la erección de él nuevamente, con una felación. Y definitivamente ha hecho un buen trabajo. Él no puede resistirse. ¿Quién puede resistirse? La penetra nuevamente.

Ella está más excitada y húmeda que nunca. Ésta vez él lo hace de una forma más salvaje y rápida. Ambos están realmente excitados, hay demasiado movimiento y, cielos, parece que el preservativo se ha roto. Hay que usar otro rápidamente. Ella está en el momento cumbre. Ha comenzado a decir palabras que escandalizarían al Vaticano. La encarcelarían por todo eso que sale de su pequeñita y prolífica boca.  Y… oh, oh: “Cariño, ya no hay preservativos”. ¿Cómo  que ya no hay? No, no hay. Sólo tenía una caja de tres y… los hemos usado todos.

Cataclismo. Un NO, con 25 “o” pronunciadas. Frustración. El mundo se viene abajo. This is the end, my only friend, the end. Fin de los tiempos. ¿Qué hacer para detener toda esta marea de deseo de manera tan abrupta? Claro, primero el enojo. Comúnmente de ella hacia él. Léase, SIEMPRE. Es a él a quien se le han acabado ¿no? Bueno, nuestra furia contenida saldrá a borbotones para manifestarse en contra del individuo ése que tenemos enfrente. Al que dos minutos antes expresábamos palabras cariñosas o perversas, sucias, pero a fin de cuentas de amor. Sí, a ése mismo personaje.

Para entonces, el pene está como en un ambiente de 3 grados bajo cero: totalmente escondido y perdido en la inmensidad del cuerpo del susodicho. Casi ha desaparecido del cuerpo masculino que tenemos enfrente. La segunda erección que le tomó a ella, con bastante astucia manual y oral, unos 5 minutos, ha desaparecido en dos segundos.

La vagina de ella ha perdido toda humedad y ésta vez la chica sólo mueve sus extremidades, pero ésta vez para conducir su cuerpo al baño. De regreso, se vestirá más rápidamente que lo que él tardó en quitarle esa misma ropa, media hora antes. Ella irá nuevamente al baño para verificar que el rímel no esté corrido, para poner un poco de agua al cabello y evitar “gallos” molestos o maquillarse un poco. Para que en la calle, nadie note que esa mujer que va allí, ha tenido sexo y además, para peor, no ha terminado como Dios manda.

Y es que, las mujeres no me dejarán mentir, es lo peor que puede ocurrirnos. Luego de la intensidad, el freno de mano. Es lo peor. Supongo que más de alguna y alguno se habrá sentido retratado en esta anécdota. Bueno, ya sucedió ¿Qué hacer? Él puede ponerse rápidamente los pantalones y salir a la calle a preguntarle al primer transeúnte que se encuentre: “Disculpe, ¿una farmacia?”. En el mejor de los casos, habrá preservativos en el hotel. Pero igualmente: hay que bajar y correr, pagar y subir. Será fácil volver a comenzar… si la chica no está dormida ya. ¡Buena suerte!

No, generalmente y en la mayoría de los casos, luego de este episodio, se acaba la magia, el deseo, la pasión, las ganas, llega el frío, el sueño. Adiós, bye.

Y aquí, debo decir, la culpa no es sólo del pobre hombre nada precavido, que después de la mirada de odio de ella, deberá reprocharse todos los días de su vida no haber comprado otra caja de condones. La culpa es de ambos. Ella por no cargar en su bolso al menos una caja de tres, o de ambos por no comprar y administrar sus cajas de preservativos. Aquí mi consejo para ellas: generalmente dejamos esta tarea como encargo para el hombre. Sin embargo, es una responsabilidad mutua.

Claro, en las farmacias aún es mal visto que las mujeres compren este aditamento esencial en toda relación sexual. Podría proponerles a ellas que los compraran en las sex shops o en las condonerías especializadas donde nadie es mal visto. Pero no. Mi sugerencia es: cómprenlos en la farmacia. Pídanlos sin vergüenza y con orgullo. Que la gente sepa que ustedes cuidan su salud, que viven una sexualidad sana y que además comparten esta responsabilidad con sus parejas.

Conforme más mujeres compren para su propio uso (inmediato o por si se ofrece) preservativos, más apertura habrá para esta percepción de la responsabilidad sexual que muchas veces nosotras dejamos caer en ellos. Así, la próxima vez que se acaben los condones de él, será muy gratificante decirle: “No te preocupes, cariño. Traje los míos”. Y, con seguridad, tu próximo orgasmo, estará garantizado.

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